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Del vexilo a la bandera


Las insignias militares, transformadas paulatinamente en enseñas y banderas, se originaron en los vexiloides, cuyo nacimiento se inicia en los pueblos orientales. Los primitivos vexiloides solían ser una cinta, una cola, una borla o una cruz. Seguidamente se van transformando en figuras de animales por las legiones romanas, que los adoptan para distinguirse unas de otras, hasta que concluyen por unificarse al escoger el águila como única enseña más característica de sus ejércitos.

Seguidamente estos vexiloides se van poniendo como cima o remate de pequeños cuadrados de tela que, con distintos colores, señalan las unidades de los ejércitos romanos y dentro de ellas los distintos cuerpos y secciones de que se componen, estableciéndose con ellos el nacimiento de la bandera de paño.

La necesidad de agruparse las tropas combatientes, de tener un punto de referencia y una llamada visual para reunir a quienes luchan bajo las mismas armas, es el principal motivo que origina la enseña, que a través de los tiempos y de las vicisitudes concluye transformándose en bandera, tal como nosotros la entendemos, como símbolo de la patria, como reflejo de un ideal, cama expresión de una actividad, representación de un ejercicio o de una afición, pero siempre como signo de distinción de un grupo humano que pretende diferenciarse de otro.

Las banderas, y por tanto la Vexilología moderna nacen a la par que la Heráldica, en el siglo XII, posiblemente en su principio. El desarrollo va parejo a ésta. El blasón, o sea las piezas y figuras heráldicas, pasaron al escudo del primero, y sucesivamente los colores de éstas se fueron a plasmar en las banderas de esos guerreros que las precisaban para agrupar a sus huestes en los combates, ya que mientras el escudo servía de diferenciación individual, la bandera atendía a la necesidad de atraer a quienes combatían bajo ella. Por esta razón la estemática y la ciencia del blasón tienen tanta influencia sobre la Vexilología. De todas las normas heráldicas, la diversidad. y la simplicidad fueron las dos calidades que de manera más acentuada se incorporaron de forma decisiva en la constitución de las banderas, conservándose en su pureza y permaneciendo en ella por el motivo fundamental del muchísimo más reducido número de banderas que de blasones, con lo cual éstos se van transformando, por diferentes circunstancias, en un mosaico de piezas y figuras, mientras que las banderas conservan plenamente el origen de su función. Sin embargo, la influencia de la Heráldica en la Vexilología es notable y decisiva y, en general, salvo raras excepciones, la composición de las banderas sigue de manera decidida las reglas del arte del blasón.

La bandera, en su representación actual, con sus diferentes variantes, viene introducida en Occidente durante el siglo XII. De una simple tela de seda, porque su procedencia oriental así la inventa, se va cargando de costuras y elaborados bordados y encajes. Como principales fondos o telas para la confección de banderas se ha empleado e1lino, el cuero, la madera, el metal y, para concluir, un tejido cendal, cuya trama es de seda y el pasado de lana, que a la resistencia une la flexibilidad y la duración.

La ruta por la que nos viene la bandera es muy similar a la que nos trajo el papel. Desde China, donde se origina y produce, pasa a los pueblos árabes, que a su vez las difunden en Occidente a través de sus conquistas y por medio de las Cruzadas que les iban a combatir en sus propias tierras. También parece ser que corresponde a los chinos la ocurrencia de sujetar lateralmente la bandera al asta, de la cual no se separa durante muchos siglos, y que aún en muchas banderas constituye su forma no sólo tradicional, sino actual e insustituible.

Piezas y figuras heráldicas se reflejan en la formación de las banderas. Sus particiones, su distribución y composición, sus piezas y figuras, corresponden al simbolismo de los blasones, para lo cual, lo mismo que aquéllos, reduce a proporciones aceptables los motivos de que procede, permaneciendo la significación y eliminando los insignificantes.

El nacimiento de los colores en la Vexilología, aun corriendo parejo a los esmaltes de la Heráldica, admite más amplitud, pues comprenden matices y gradaciones. Nacen, según los tratadistas más serios en esta ciencia, de aquellos tomados por las primeras dinastías que los empleaban, que, a su vez, los habían escogido fundamentándolos en conceptos filosóficos, cuyos orígenes o variantes venían a representar, al formar la bandera, aquella sombra originada en el árbol y a la cual se acogían quienes correspondían a una familia, a un linaje o a una nación; en definitiva, una unión de personas sin diferencia de condición, clase o edad, que representaban un conjunto perfectamente identificable. Ese concepto es el tradicional, en cuanto a representación y significado; pero a partir de las guerras de religión que se producen en Flandes surgen las primeras banderas con otras características, ya que no acogen únicamente a los de una misma nación, sino a quienes tienen una idéntica idea religiosa común. Esa evolución continúa en los siglos XIX y XX, y la bandera adquiere un nuevo significado de representación ideológica, expresando la identidad de un grupo, la afirmación de unas ideas y, ya en este siglo, el usode la bandera comienza a discurrir por un camino más sosegado al encauzar la imagen de una actividad deportiva y, dentro de ella, de un conjunto de seres con idéntica afición y que con la política y la municipal va encontrando el uso más común para los descendientes de aquellos vexilos romanos y su sucesiva evolución a través de los siglos, durante los cuales han ido definiendo nacionalidades o ideas religiosas, hasta que la Revolución francesa introduce el uso de las banderas para denotar y reflejar una idea política, de lo que hasta entonces únicamente había significado fundamentalmente una idea nacional, afirmándose de manera terminante durante el siglo XVIII como el del auténtico nacimiento de la bandera nacional, según el concepto representativo llegado hasta nuestros días, pues aun durante el mismo siglo XVII la bandera se limitaba más que nada a tener una representación bélica.

La bandera durante el siglo XVIII sufre una gran modificación, y de estar clavada directamente al asta pasa al sistema de emplear las drizas para sujetarla, desechando el de los clavos, ataduras y anillas para la unión de la tela con la madera. Pierde con ello el significado de arma que tenía el asta a semejanza de la maza, espada, lanza u otras armas ofensivas o defensivas a las cuales se unía la tela de la bandera para tenerla en alto en las batallas, para reclamo de los combatientes bajo un mismo bando; pero al evolucionar las tácticas bélicas, tan apartadas, tan lejos de las primitivas, en donde el combate personal era lo fundamental, han concluido por hacer innecesaria la presencia de las banderas para el uso que hasta ahora habían venido teniendo en los combates.

La difusión de la bandera en el siglo XX, fundamentalmente bajo los aspectos político, comercial y deportivo, hace que a esta época la podamos denominar, por el uso y difusión de las mismas, el siglo de las banderas, pues a través de ellas se pretende expresar los sentimientos más significativos de las organizaciones y agrupaciones humanas bajo sus múltiples y diferentes aspectos.


Señas, pendones y estandartes en Las Partidas


Nace la bandera como signo para agrupar a los hombres que combaten, como sistema usado de llamada, como enaltecimiento al ardor bélico en su defensa; los representan un símbolo, una señal de su origen, de su pueblo, de su Patria.

La bandera, la seña, es posiblemente por tanto, como las guerras, tan antigua como la humanidad. Han cambiado, han ido evolucionando hasta llegar a la unidad actual de representación que se plasma en unas medidas y en una simplicidad a que se tiende a ir de manera general en el mundo entero.

Los primitivos vexiloides fueron dejando paso a los pendones, gallardetes, estandartes, y éstos, poco a poco, se van relegando para dejar únicamente a la bandera la representación nacional.

Posiblemente sería más apropiado otro nombre a la ciencia que estudia estas enseñas, pero el latín ha triunfado una vez más y ante la posible procedencia de ban, bandam, alemana, se ha impuesto la de vexilología, originaria del latín vessilum.

Seña es una de las palabras más antiguas que nosotros empleamos para denominar estos tipos de distintivos. El Concilio de León del año 1020 se ocupa al hacerla del servicio fonsado, servicio personal que obligatoriamente se debía realizar en caso de guerra, y aclara la manera que los pueblos debían acudir a la llamada del Rey con la seña y el número de soldados que a cada uno correspondía.

A partir de entonces, en los Fueros, en las Cartas Pueblas, se señala cómo debían acudir con las señas de los Concejos y cómo debían amparar a la Seña del Rey.

Alfonso X se ocupa ampliamente en las Partidas de las Señas, Pendones y Estandartes.

La Ley XII del Título XXIII de la Segunda Partida, que se refiere a las guerras, dice:

«LEY XII. -Quales deuen ser las señales que traxeren los cabdillos, e quien las puede traer, e porque razones.

Señales conoscidas pusieron antiguamente que traxessen los grandes omes en sus fechos, e mayormente en los de guerra. Porque es fecho de grand peligro, en que conuiene que ayan los omes mayor acabdillamiento, assi como de suso diximos. Ca non tan solamente se han de acabdillar por palabra, o por mandamiento de los cabdillos, mas aun por señales. E estas son de muchas maneras. Ca los unos pusieron en las armaduras que traen sobre si, e sobre sus cauallos, señales departidas vnas de otras, porque fuessen conoscidos. E otros las pusieron en las cabecas, assi como en los yelmos, o en las capellinas, porque mas ciertamente los pudiessen conoscer, en las grandes priessas, quando lidiassen. Mas las mayores señales, e las mas conoscientes, son las señas, o los pendones. E todo esto fizieron por dos razones. La vna porque mejor guardassen los caualleros a sus señores. La otra, porque fuessen conoscidos, quales fazian bien o mal. E estas señas, e pendones, son de muchas maneras, assi como adelante se muestra.»

Claramente determina y se refiere a la manera de distinguirse en las batallas para, por la manera de llevarlos, ser conocidos, y da la importancia mayor a las Señas y a los Pendones sobre las otras, señales que se pudieran traer sobre sí y las cabalgaduras.

La Ley XIII del mismo Título y Partida se refiere a las Señas mayores y quién y por las razones que las puede traer:

«LEY XIII. -Quantas maneras son de señas, mayores, e quien las puede traer, e porque razones.

Estandarte llaman a la seña, quadrada sin farpas. Esta non la deue otro traer, si non Emperador, o Rey. Porque assi como ellas, non son departidas, as si non deuen ser partidos los reynos ande son Señores. Otras y ha que son quadradas, e farpadas en cabo, a que llaman cabdales. E este nome han, porque non las deue otro traer, si non cabdillos, por razon del acabdillamiento, que deuen fazer. Pero non deuen ser dadas si non a quien ouiere cien caualleros, por vasallos, o dende arriba. Otrosi las pueden traer concejos de cibdades, o de villas. E por esta razon los pueblos se deuen acabdillar por ellos, porque non han otro cabdillo, si non el señor mayor: que se entiende por el Rey, o el quel pusiere por su mano. Esso mismo pueden fazer los conuentos de las ordenes de caualleria. Ca maguer ellos ayan cabdillos a que han de obedecer, segun su orden. Porque non deuen quanto a lo temporal, auer ninguno dellos cosa estremada, vnos de otros, por esso non pueden auer seña, si non todos en vno.»

Y la última, de una manera categórica sobre la importancia de quién las debe traer por su razón de nacer, como es el Estandarte por los Emperadores y Reyes, o la Cabdal, por los jefes militares al frente de cien caballeros por vasallos, e igualmente los Concejos de Ciudades o Villas, y lo mismo los conventos o las Ordenes de Caballería cuando cada uno de ellos pelee bajo un caudillo que es el Rey o puesto por él.

La Ley XIV del Título y Partida citados dice:

«LEY XIV. -Quantas maneras son de pendones.

Pendones posaderos son amados aquellos, que son anchos contra el asta, e agudos facia los cabos, e lleuanlos en las huestes, los que van a tomar las posadas, e sabe otrosi cada compaña do ha de posar. Tales pendones como estos pueden traer los maestros de las ordenes, de la cauallería, e aun los Comendadores, do ellos non fuessen. Otrosi los pueden traer los que ouiere de cien caualleros ayuso, fasta en cinquenta, mas dende fasta diez, ordenaron los antiguos que traxesse el cabdillo, otra seña quadrada que es mas luenga que ancha, bien el tercio del asta ayuso, e non es ferpada. E esta llaman en algunos lugares vandera. Otra seña y ha que es angosta e luenga contra fuera o partida en dos ramos. E tal como esta establescieron los antiguos que la truxessen los oficiales mayores del Rey, porque supiessen los omes que lugar tenia cada vno dellos en la corte do auian de yr, o de posar en la hueste. Essa misma seña, tuuieron por bien, que traxessen señores de dos caualleros hasta cinco. Pero que fuesse mas pequeña que la de los oficiales. Los guiadores de las huestes, e de las caualgadas, a que llaman adalides, que puedan otrosi traer señas e caudales, si gelas diere el Rey, mas non de otra guisa. E esto, porque non an compaña cierta, de que sean señores, porque merezcan auer seña, si non assi como se les acaesce por auentura vna vegada más, o otra menos. E el almirante mayor de la mar, deue lleuar en la galea, en que fuere, el estandarte del Rey, vna seña cabdal en la popa de la galea, de señal de sus armas. E todos los otros pendones que truxere en ella menores, puedelos aun traer de su seña, porque todas las otras galeas, que se han de acabdillar por el, alli conozcan la suya en que el va. Mas en todos los otros nauios de la hueste, non deuen traer seña si non del Rey, o del Señor que mando fazer el armada. Fueras ende, que el comitre de cada galea, que pueda lleuar en ella vn pendon de su seña, porque se acabdille su compaña, e sepa qual faze bien o mal.»

Determina lo que son pendones, calificándolos así a aquellos que son anchos por el asta y agudos hacia las colas, y dice quiénes los pueden usar. Y en esta Ley se refiere a un tipo de pendón cuadrado que es más luengo que ancho, que algunos llaman bandera, y continúa que aún hay otra seña angosta y luenga, partida en dos brazos, y ésta en dos variantes de tamaño.

Por último, la Ley XI de la misma Partida y Título dice:

«LEY XV. -Que otro ame non deue traer seña, nin pendan cotidianamente, si non el Rey.

Traer puede qualquier destos sobredichos las señas que dichas auemos en las huestes, o en las guerras. Mas con todo esso, non la deue traer otro ninguno cotidianamente, si non Emperador o Rey, porque son cabdillos de cada dia. E otrosi por honrra de los Imperios e de los Reynos, que han de mantener. E aun porque sean conoscidos por do fue-ren. Ca por estas razones, pueden traer consigo seña, o pendon cada que caualgaren, tambien en tiempo de paz, como de guerra. E ninguno de todos estos que diximos, non lo deue auer, si non aquellos a quien lo ellos diessen de comienco, dandoles con ellos aquel poder, e faziendoles aquellas honrras, que de suso son dichas. E por esta razon establescieron los antiguos, que qualquier a quien el Rey ouiesse dado seña, que nunca se parasse contra el, ni la tendiesse contra la suya, ni pendon, ni otra seña alguna de aquellas que ouiesse auido del, o aquellos de quien el descendiesse, o de su linaje del Rey, o del mismo. Ca qualquier que lo fiziesse, pusieron que faria traycion conoscida, porque deue ser echado del Reyno, solamente por mostrarla contra la vista del Rey. E esto tuuieron que era mucho extraña cosa, que aquellos a quien los Reyes dauan señas, e pendones, por fazerles honrra, que les deshonrrasen ellos despues con ello, parandoseles en contrario, con el bien que dellos recibieron.»

Concluyendo por esta Ley, de manera terminante, que fuera de las guerras, los pendones, estandartes y banderas están reservados exclusivamente al uso del Rey y que nadie más que él las puede usar y traer.


Enseñas de la iglesia y de los monarcas


La Iglesia denominaba a sus Estandartes Gonfalones o Confalones, y usa del Pabellón como insignia personal del Pontífice que a modo de umbráculo, del latín umbraculum, lugar para resguardarse del sol, llevaba los colores de la Iglesia. Quienes llevaban dichas insignias fueron denominados gonfalonieros o vexilliferarius, imponiéndose rápidamente el primer nombre y quedando el cargo y nominación unido a quien llevaba el mando de los Ejércitos Pontificios.

El estandarte en origen debió tener la forma del escudo, pues usa las armas de éste agrandándolas convenientemente hasta cubrir el estandarte y, por tanto, con ligeras diferencias tenía esa forma, haciéndolo la parte superior pegada al asta y la inferior hacia afuera. Nada se dice en las Partidas más que la bandera real debe ser más luenga que ancha y sin farpas, mientras que el pendón es la tercera parte más luengo que ancho y la punta debe ser redonda, por lo cual, al ser menor y recortada, parece que debe tener menor categoría que la bandera. Es lo único que queda definido por Alfonso X de una manera terminante al establecer una escala en los usos y dimensiones de las señas.

Tampoco se puede olvidar la separación de las armas reales o nacionales con las armas propias de los Monarcas, los cuales las ponían en sus guiones o estandartes como mote o divisa propia, y que los Reyes Católicos dieron tanto auge con el mote «tanto monta» y las flechas y el yugo usados por ambos. Doña Juana agregó a sus Armas el Aspa de Borgoña, signo e insignia de la Casa de su marido, por su madre, y que a partir de entonces toma estado y continúa durante siglos siendo emblema de nuestra Patria. Carlos V forma el escudo cargándolo sobre un Aguila exployada, como símbolo del Imperio, añadiendo el Toisón de Oro y las Columnas de Hércules.

Nace el guión real en esa época, que es llevado en una lanza cuando las personas reales cabalgan de camino o están en la guerra. Suele ser cuadrado, de cuatro o cinco palmos de cada parte y con la banda de Castilla. Lo lleva el Alférez Real, que es un oficio de autoridad y honor. La Orden de la Banda, instaurada por Alfonso XI, se plasmó en un pendón con esa pieza heráldica, pendón que tomó el nombre de Pendón de la Divisa por ser la privativa del Rey y que denotaba su presencia.

El Cardenal Cisneros, con motivo de la proclamación de Carlos V, ordenó que se alzasen los pendones de los Concejos, pero debiendo hacerlo con las Armas reales y no con otras, como se venía realizando en los Ejércitos y en las Armadas, pretendiendo con ello obtener el significado simbólico de la Unidad de la Nación y no de la diferencia que pudiera tener un Monarca de otro.

Cesáreo Fernández Duro, en su magnífica obra “Tradiciones infundadas”, dice: «Entre el que guiaba a los ejércitos, reunía a las armadas o convocaba a los pueblos no había ya otra diferencia que las dimensiones proporcionadas al objeto de mostrarlo en una lanza o en un tope de un mastelero: la forma en unos y otros era cuadrada; la figura, la de las armas combinadas de los reinos unidos, en la procedencia y conformidad antes explicada; el nombre, determinado por el objeto: guión real, en los ejércitos; estandarte real, en las armadas; pendón real, en los pueblos.»

El pabellón, sombrilla o gonfalón, ya que con estos tres nombres se le denomina en la actualidad, es un emblema particular y exclusivo del Pontífice. Tiene la forma de una sombrilla, jironada de rojo y amarillo (gules y oro heráldicamente), con una cenefa o bordura de esos dos colores, invertidos. Los flecos, bastón y baldaquín son de oro, y el bastón va rematado de un mundo sumado de una cruz. Unido con las llaves constituye un símbolo heráldico empleado por diferentes dignidades de la Iglesia o por aquellos linajes que han dado un Pontífice a la misma y, en determinadas circunstancias, por privilegio o concesión de Su Santidad.


Banderas internacionales: étnicas, políticas y deportivas


Posiblemente la bandera que gozó de un carácter más amplio y que, por ello, se podría considerar como uno de los primeros símbolos de carácter internacional corresponde a las enseñas usadas durante el Imperio de Carlos V. Si el uso se produce a la vez en varias naciones, adquiere un significado indudablemente internacional; por ello, sin duda alguna, los vexilos de Carlos V lo tuvieron, pues sus tropas empleaban las Armas del Emperador en las enseñas que llevaron a Italia, a Flandes, Hungría, Túnez, Alemania y las Indias, dando un sentido de ecumenidad a los símbolos plasmados en ellas, que en aquella época representaban la bandera de la nación. Eran entonces, por así decirlo, esas antiguas banderas como hoy el conjunto de naciones desprendidas de Inglaterra se agrupan bajo una sola bandera y una confederación llamada Commonwealth. Es quizá el precedente histórico más exacto que se pueda presentar bajo un solo cetro y bajo una única enseña, el conjunto de dominios de una sola persona.

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX no aparecen lo que típicamente conocemos en la actualidad por banderas de carácter internacional. Nacen para determinar diferentes aspiraciones. Como símbolo de paz, la cruz roja, la media luna y el león entre las más características. Como unidad de naciones, bajo una voluntad de conciencia común, la de las Naciones Unidas. Las deportivas están en su total representación amparadas por las que reflejan los juegos olímpicos: La de comunidades de naciones unidas en la antigüedad y separadas en la actualidad tienen clara representación en la Commonwealth inglesa. Por ideales de unificación política y económica, las del Consejo de Europa, Liga Árabe, de la Organización de los Estados Americanos y de Centroamérica. Por un origen común, la de la raza, que agrupa a las naciones de origen hispano, y por una defensa militar, la de la NATO.

Igualmente tienen un cierto carácter de internacionalidad las de algunas asociaciones de esta representación, como la bandera de los exploradores y otras más o menos permanentes de organizaciones y de comisiones.

En el aspecto religioso también existe una bandera que presenta ese carácter universal y que corresponde a la religión budista. En cuanto a las de otras religiones, ninguna de ellas ha alcanzado dicha representación, en cuanto a uniformidad.

Al lado de estas que revisten un aspecto más o menos oficial existe una larga teoría que, sin tenerlo oficialmente, se usan en todo el mundo por unos motivos u otros, como el técnico o científico, cultural o deportivo, que si bien vienen empleadas por diferentes grupos de naciones como enseña representativa, no ha sido oficialmente reconocida con esa calidad bajo el aspecto universal que pretende ostentar la representación.

Los símbolos políticos se han plasmado, en general, en las banderas por letras o con objetos que presentan una aspiración o un símbolo bajo sus diferentes aspectos. Otros muchos recurren a las letras iniciales de la denominación de sus partidos, colocándolas sobre la propia bandera nacional.

Otros partidos emplean su propia bandera y al producirse el triunfo de los mismos la imponen a la nación como enseña nacional. Otros se limitan a que aparezcan sus insignias al lado de la propia nacional, y otros aun introducen pequeñas variaciones en ella para expresar su significado.

 

Aplicación de la vexilología


Aparte de su natural aplicación a las banderas nacionales, en la actualidad el uso de las enseñas se extiende a las actividades deportivas, políticas, culturales; al empleo de las mismas por los Ayuntamientos, Cofradías y Asociaciones profesionales, y, en menor grado por el momento, al uso por entidades de tipo comercial e industrial.

Todo ello hace que se aprecie un señalado empleo de esta ciencia en los diversos campos de la actividad humana, y por ello es preciso que se vaya encauzando su uso en cada uno de sus diferentes y dispares empleos, tratando de valerse de los diferentes tipos de enseñas para cada una de esas actividades o, al menos, de emplear determinadas formas para cada una de ellas.

Tendría eficacia la clasificación si en cada nación, a través de sus organismos competentes, se hiciesen aplicar con prontitud y eficacia las normas generales que se van estableciendo por los cultivadores de esta ciencia y atribuyendo a las distintas actividades las diferentes formas o proporciones en banderas, guiones, estandartes, pendones y gallardetes, constituyendo un registro general de todo ello para tratar de esa manera de evitar confusionismos que nacen, en general, por ignorancia de sus propios promotores, animados siempre de los mejores deseos, pero confundidos por la falta de información, los cuales pretenden distinguirse, pero concluyen por adoptar símbolos o emblemas ya existentes, aumentando con ello la confusión que se aprecia en estas aplicaciones.

Se tiende a reservar la bandera cuadrada, en sus diferentes dimensiones, según el empleo destinado para la misma, a los Ayuntamientos, pero sin que ello sea norma absoluta ya que actualmente se usa la de proporción 2:3, pues dicha bandera cuadrada se continúa empleando por diferentes unidades militares, aunque sus dimensiones sean más reducidas en ese uso castrense. Sin embargo, su forma es la única que se va reservando universalmente para ese uso, posiblemente basado en la necesidad de su empleo en el volteo, aplicación que tanto tiene en las reuniones folklóricas y en los festejos municipales y que por su vistosidad, se está desplazando de Centroeuropa a todo el continente. Para ello se aplica directamente al asta, como es en el caso de ser utilizada para voltearla, o bien por medio de drizas para ser izada en los mástiles de las casas consistoriales.

Igualmente emplean los Concejos los gallardetes para decoración en los festejos locales, y por la misma razón y como ornamentos de fondo, los estandartes extremadamente exagerados en su longitud, que llega a ser ocho y diez veces su anchura.

Las naciones, como hemos visto, salvo raras excepciones, emplean la bandera rectangular en proporciones muy uniformadas y otras en proporciones muy diferentes dentro de esa forma. Sin embargo, este tipo de manufactura es muy usada por las agrupaciones políticas, deportivas, culturales y étnicas. Las primeras y cuartas posiblemente por entender la representación más apropiada, ya que en muchos casos encarnan una pretensión como partido político de imposición en la nación y en los otros con un afán de independencia. Las segunda y tercera por costumbre, ya que, en general, ni usan de colores ni símbolos de la nación.

Las Corporaciones civiles y Cofradías se sirven, en general, de los estandartes para plasmar en ellos sus figuras representativas, ya que, sin estimarse como regla fija, los estandartes para estos usos suelen ser de un único color, en el cual se aplican, por el procedimiento que sea, las insignias religiosas o profanas representativas de las mismas. Sin perjuicio de ello, también usan de la bandera en sus diferentes formas, pero casi siempre, sin ser norma fija, se suelen limitar a un solo color como característica propia de este tipo de empleo.

Los guiones en la actualidad se van limitando al solo uso como distintivo de un cargo o mando, y su aplicación más común suele ser en los. vehículos para denotar la presencia de la persona a quien representa.

La escarapela o cucarda, aunque no sea su exacta representación en su expresión idiomática, ya está universalmente admitida y su empleo ha tenido una enorme difusión y desarrollo en la aviación, siendo la forma hoy día más empleada como emblema de reconocimiento de ese medio de transporte, como antes lo era y aún continúa siéndolo la bandera pintada en las chimeneas de los buques de la marina mercante.

Las rosetas y las cintas formadas por los colores nacionales o de las Órdenes civiles o militares que las emplean tienen la aplicación en las solapas de los vestidos, para reconocimiento e identificación de quien las lleva. A ellas se unen las banderas de solapa, unas veces con carácter de distintivo nacional y otras con el de cualquiera de sus diferentes aplicaciones.

La aplicación de los colores correspondientes a las banderas nacionales en las aeronaves está totalmente aceptada. Para las de carácter bélico, las cuales se reservan su representación por medio de círculos con la bandera nacional, mientras que las compañías civiles, si bien en su mayor parte emplean las banderas para identificación, pintándolas en los timones de las aeronaves, otras muchas, siguiendo las costumbres de las compañías marítimas, ponen en los lugares citados insignias, emblemas o letras que representan los símbolos comerciales o las iniciales de las mismas.

Las compañías de navegación continúan usando las banderas como tales, si bien pintan en las chimeneas de sus naves las insignias de la compañía y la bandera de la nación a la cual pertenecen. Otra de las aplicaciones, quizá una de las más difundidas en la vexilología deportiva, es la aplicación de los colores en forma de bandera, y de bandera como tal, en las cuadras y en los jockeys para sus blusas, aunque bien mirado estas corresponden, en general, a los colores y esmaltes de los escudos de los propietarios, por cuya razón entrarían, y en virtud de su dependencia, más a ser representativas de libreas heráldicas que de otro tipo cualquiera de identificación, ya que la aplicación de estos colores corresponde a personas de su servicio o cosas de su propiedad, como para el uso de las libreas se ha venido entendiendo hasta ahora.

De diferente aspecto, por ser el origen muy distinto, son los colores empleados por los equipos que constituyen conjuntos deportivos y que por ellos identifican a sus componentes. Aun perteneciendo a un club y aun estimándolos como dependientes suyos, lo que hacen es representarlo, con una dependencia derivada de un contrato que en cualquier momento se puede anular, recobrando una libertad muy diferente a cuanto encarnaban los conceptos del uso de las libreas en la antigüedad.

La aplicación de estos colores, procedentes de las banderas de los clubs, tienen extensión a todas las actividades de los mismos, pero su principal uso es en la constitución de los equipos de determinados deportes, como el fútbol, ciclismo y todos aquellos que, a través de sus camisetas, se obtiene la identificación del compañero para signo inmediato de distinción y apoyo, que es lo que se busca en ella con su igualdad para mayor precisión en la identificación.

Estas camisetas reflejan los colores de las banderas o aquéllos son consecuencia de éstas. Unos y otros se identifican para un fin común de distinción y diferenciación entre equipos destinados a una misma dedicación.

Las banderas deportivas suelen ser más largas que .las banderas normales dentro de sus proporciones varias y en general se tiende a que guarden la proporción de 2: 3.

Por última aplicación entre las muchas a que se destinan las enseñas corresponde a las colgaduras con las cuales se engalanan balcones, ventanas y galerías con motivo de fiestas nacionales o locales y cuyo uso y costumbre está tan arraigado en todo el mundo para celebrar este tipo de conmemoraciones.

 

Historia de la bandera de España


En el Reino de Castilla y en la Corona de Aragón se llevaron pendones carmesíes con sus respectivas armas, y así continuaron incluso durante los reinados de los Reyes Católicos, predominando el empleo de los colores encarnado y amarillo.

Felipe I (1506) el Hermoso, introdujo el signo distintivo de la casa de su madre, María de Borgoña, esto es, el aspa de Borgoña o aspa de San Andrés, que consiste en dos troncos de árbol sin ramas y cruzados en aspa. Por haber sido instrumento para el martirio del santo están teñidos con su sangre y casi siempre se representan en rojo o carmesí. Este símbolo, de gran trascendencia, se llevó desde principios del siglo XVI prácticamente hasta 1931 en que la Segunda República lo demolió. Desde 1971 figura en el guión del Príncipe de Asturias y desde 1975 en el de S.M. el Rey Don Juan Carlos I.

El momento en el que puede verse la que podemos llamar, sin duda, primera Bandera Española fue en ocasión de la batalla de Pavía (1525) en la que nuestras tropas llevaron como enseña telas blancas con aspas encarnadas; esa misma bandera se llevó también en la mar.

En los dos siglos siguientes, el devenir de la tipología de la bandera, fundamentalmente militar, proporcionó dos modelos reglamentados: el de la bandera principal, una sola por Tercio, y el de las banderas secundarias, una por cada Compañía. La principal, que representaba la autoridad real era la de la Compañía que mandaba personalmente el Maestre de Campo, blanca con aspa roja o carmesí y, en ocasiones, adicionada con otros símbolos como el águila imperial, las armas reales o el escudo del Maestre. Las secundarias, una por Compañía, son de variado colorido, con aspa roja o carmesí y de estructura a criterio de los Capitanes.

Con el advenimiento de la Casa de Borbón, Felipe V renovó y centralizó las instituciones; los Tercios pasaron a ser Regimientos (1704) y la bandera principal se llamó Corónela (1707), mientras que las otras continuaron un tanto indefinidas.

En 1728 se ordenó que la bandera Corónela fuese blanca con el escudo de las Armas Reales y todas con el aspa de Borgoña. En unas y otras se podían poner en la extremidad de las esquinas las armas de los reinos y provincias de donde provenían o las divisas particulares que hubiesen tenido o usado. Este esquema general, con amplitud de interpretaciones continúa durante la Guerra de la Independencia, y durará hasta 1843.

En el siglo XVIII la dinastía de los Borbones reinaba en Francia y en España; por tanto, los buques de la Armada franceses y españoles (así como sus ejércitos) enarbolaban la misma bandera, la bandera blanca, aunque con ciertas diferencias), de la dinastía borbónica. Ello dio lugar a múltiples confusiones entre buques de guerra ingleses que atacaban a navíos españoles creyéndoles franceses y viceversa, según estuvieran España o Francia en guerra o en paz con Inglaterra.

En 1785, reinando Carlos III, y a la altura de las Islas Canarias, tuvo lugar el siguiente grave incidente marítimo con Inglaterra. Estando en paz con España y en guerra con Francia, una flota inglesa que regresaba de la India atacó por sorpresa y hundió dos navíos españoles que volvían de las Canarias a la Península. Los ingleses, debidamente, se excusaron pagando daños y perjuicios. Alegaron que fue un error al tomar por franceses a los navíos españoles.

Este grave incidente decidió al rey Carlos III a adoptar una bandera diferente para la Armada española. Como antes de reinar en España lo había hecho en Nápoles (Reino de las Dos Sicilias), bien recordaba las «barras rojo y gualda aragonesas» de la antigua Armada napolitana que, por razones de visualidad en la mar de los estrechos gallardetes, eran horizontales y no verticales. En consecuencia y sobre la marcha, ese mismo año de 1785 (Real Decreto de 28 de mayo de 1785, dictado en el Palacio Real de Aranjuez), la adoptó por bandera de la Armada española (razón por la cual la Orden del Mérito Naval es la única condecoración española con los colores de la enseña nacional).

Años después se repite la historia. Carlos III escoge la nueva bandera para la Armada pero no para los ejércitos, que continúan con la vieja, blanca, de los Borbones. De tal modo que, en la primera guerra civil carlista, los regimientos y batallones de ambos bandos (carlistas e isabelinos) enarbolaban la misma bandera sin diferencia alguna. Se puede imaginar las sangrientas confusiones.

Desde entonces, la bandera sólo tenía la representación real en el Ejército, la Armada, las plazas fuertes y los edificios oficiales y había una gran diversidad de banderas: blancas, corónelas o batallonas, azules en la Casa Real y Artillería, a las que se les unieron las moradas de Ingenieros, los estandartes, principalmente carmesíes y las dos banderas navales.

El carácter de Bandera Nacional tomó carta de naturaleza con el Real Decreto de 13 de octubre de 1843 por el que la Reina Isabel II al ser la Bandera Nacional el símbolo de la monarquía española, determiné que todas las banderas fuesen iguales en forma, dimensiones y colores a la Bandera de Guerra Española, teniendo en el centro el escudo de armas, ampliándose después en que se añadiría el aspa de Borgoña debajo del escudo.

La segunda República (1931) definió la bandera como la formada por tres franjas del mismo ancho, roja, amarilla y morada con el escudo del Gobierno Provisional de 1868.

La Bandera Nacional roja y gualda se restableció por Decreto de la Junta de Defensa en 1936 y llevó el escudo con el águila, con pequeñas variaciones, hasta 1981.

La enseña nacional está regulada y descrita en las siguiente normas:

a) La Constitución, artículo. 4º, Apartado 1: La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas.

b) La Ley 39/1981, de 28 de octubre, regulando su uso. Su artículo 2º, entre otras cuestiones, dice: En la franja amarilla se podrá incorporar, en la forma que reglamentariamente se señale, el escudo de España. Indica, después, las banderas nacionales que hayan de ondear en las edificios o establecimientos oficiales y públicas (relacionados específicamente por la propia Ley en una lista cuya extensión no nos permite mencionarla).

c) El Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivas (Real Decreto 1511/1977, de 21 de enero), que, sobre esta cuestión y entre otras casas, dicta:

- El largo de la bandera nacional será 3/2 del ancho.

- Su confección será en seda, tafetán, lanilla o fibra sintética, según las casos.

- Sus tamaños o medidas (de no ser especificados en casos concretas) serán las siguientes:

Tipo 1: 6.640 mm de largo y 4.430 de ancho.

Tipo 2: 4.110 mm de largo y 2.740 de ancho.

Tipo 3: 3.240 mm de largo y 2.160 de ancho.

Tipo 4: 1.500 mm de largo y 1.000 u 800 de ancho.

Tipo 5: 750 mm de largo y 500 de ancho.

El 20 de Octubre de 1982 se ordenó que todas las banderas que tuviesen menos de 50 años (es decir, todas menos la de la Academia General Militar) fuesen sustituidas por otras nuevas del modelo 1981, cuya diferencia con el anterior consiste en que el escudo del águila ha sido sustituido por otro cuartelado de Castilla, León, Aragón y Navarra, con la Granada en punta y el escusón central de la casa de Borbón, timbrado por corona Real y entre con las columnas de Hércules a sus costados.

 

Bibliografía empleada

- Cadenas y Vicent, Vicente, Manual de Vexilología, nociones y términos propios de la ciencia de las banderas, Madrid, Ediciones Hidalguía, 19776.
- Urbina, José Antonio de, El gran libro del protocolo, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, S.A., 2001.

 
     
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